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Snow my problem

jueves, 23 de septiembre de 2010

YO

Me gusta la leche fría, sola, y subo los peldaños de dos en dos.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Estúpida, muy estúpida.

Aún recuerdo el día en el que mi madre me dijo que se podía morir de pena.

Recuerdo la sala de estudio, recuerdo mi piano, y recuerdo su mirada. Recuerdo cómo se deslizó cautelosamente en el cuarto, interrumpiendo mi conversación con Chopin, para situarse justo detrás mío, y decirme, decirme que el padre de mi mejor amiga había muerto.
-¿Qué le ha pasado?- alcancé a decir, antes incluso de asimilar realmente la información. Y mi madre, cautelosa de nuevo, me susurró:
-Se ha muerto de pena.

Por aquel entonces, en una juventud que no superaba los siete inviernos, yo no podía creerme que la gente pudiese morir de pena, pero mi progenitora me lo confirmó varias veces. Por último, y antes de llamar a Sara, le pregunté que dónde había sucedido, y me contestó que en el baño.
Asustada, estuve varias noches pensando en mi suerte y en mi futuro, puesto que -ya desde aquella época- tenía ciertas tendencias melancólicas, y tras la revelación de mi madre me sentí preocupada. Por supuesto, aquellas divagaciones de niña insomne no duraron más de dos noches, y después de aquello volví a dedicarme tranquilamente a lo que las personas cuya juventud no supera los siete inviernos se suelen dedicar: jugar al escondite, al pilla-pilla, a las muñecas...

Muchos años después, ya camino de la facultad y sentada en un bus de línea 2, evoco aquella situación olvidada y por vez primera me doy cuenta de la realidad, de la pura y poco cocinada realidad: que el padre de Sara no se había muerto así porque sí, sino que ese hombre que durante mucho tiempo fue como un padrino para mí se había cortado las muñecas y metido en la bañera hasta acabar desangrado.
(Que, efectivamente, Lute se suicidó.)

Y es que resulta que la realidad es cruda como el sushi, y por mucho que la maquillen sigue -y seguirá- ahí. Los eufemismos no son más que una valiente y gigantesca mentira. Mentira en este caso de mi madre, pero dejemos las particularidades de lado ya que da igual que sea un "se murió de pena", un "no pude ir porque estaba malo", o incluso un "te quiero":

Las personas tendemos siempre a creernos lo que nos dice la gente como si fuera ley o dogma.
Tendemos a aceptarlo como cierto "hasta que se demuestre lo contrario" y, cuando al fin nos damos cuenta de que aquel inquebrantable postulado era en realidad una tosca pulla, nos sentimos estúpidos, muy estúpidos.

Las personas tendemos a olvidar que las mentiras piadosas siguen siendo eso: mentiras.

Pero por supuesto, esto no son más que divagaciones de joven insomne que seguramente desaparecerán, si no es en dos noches, en dos semanas. Lo que realmente me aterra es que dentro quince años, en una sala de estudio, o en un bus de línea 2, o en una oficina, o quizás en una playa de Las Antillas bebiendo Malibú-piña, me asalte una revelación como la que he tenido esta mañana y me dé cuenta de que muchas cosas en las que ahora me apoyo ciegamente como el creyente cree en la biblia sean en realidad otro burdo "se murió de pena"...




lunes, 6 de septiembre de 2010

Me despierto y me quedo en la cama: "sólo unos instantes", me digo. Oigo y escucho el canto de los pájaros, mochuelos que este año han decidido instalarse en mi tejado. Me incorporo, respiro hondo y finalmente me levanto. Estiro los brazos, y arqueo la espalda mientras me acerco a la ventana. Subo la persiana y veo el sol, soberbio, reluciente.
Sonrío.

Me dirijo hacia la puerta, y salgo de mi habitación. He dormido exclusivamente en ropa interior, pero no cojo la bata. Bajo las escaleras hasta llegar a la cocina, donde me acerco a la nevera. La abro, pego un sorbo del tetra brick de leche, Hacendado semi desnatada, y pienso:

"Joder cómo me gusta el verano..."



jueves, 2 de septiembre de 2010