Ciertamente, he de decirles que dicho fin no conformó ninguna sorpresa: ya desde el día que nací se supo que viviría poco, pues era un joven dulce, muy dulce... Y, tanto en vuestro mundo como en el mío (que ya iréis comprendiendo poco a poco), las cosas dulces duran poco.
Así pues, nací predestinado. Pero no sólo a causa de mi dulzura, qué va. Ya mis características físicas dejaban que desear: era estrecho, delgado, y sin mucha fuerza, además. Tenía la piel algo transparente, y mi cabeza era aplanada (busqué en internet para compararme con algún tipo de síndrome: Knelfelter, Down... ninguno pareció concordar con mi caso).
Mi juventud se desarrolló básicamente en un supermercado, pues allí es donde trabajé. ¿Sobre mi empleo? Os lo describiré con una expresión que oí a un muchacho durante una de esas largas jornadas laborales: "Un pedazo de rollo, tronco". Así es, pues prácticamente pasaba todo el tiempo apoyado en alguna estantería esperando a que alguien solicitara mi -dulce- servicio... Pero nunca ocurría nada.
Y pasaba el tiempo, y pasó...
Y, tras muchos tediosos días agazapado en mi monótono puesto, finalmente alguien me eligió; me rescató. Se trataba de dos jóvenes mozas de unos 18 años (o eso lucubré yo) que, animadas por la fiebre del sábado noche, me cogieron alocadamente de la mano, y me llevaron con júbilo de fiesta. Luces, música, bailes, locura... ¡Menuda marcha tenían aquellas adolescentes! Y qué rápido cogieron confianza... ¡Yo les dije que me llamaran Rony, pero ellas insistieron incluso en quitarme la "y"! Y gritaban constantemente que corriera, que corriera de una a otra, y yo me dejaba hacer, y me dejaba besar, y me dejaba pasar por sus suaves labios... Ellas me quitaron la virginidad de mi adolescencia, me quitaron el tapón de mi juventud, en fin, supongo que se podría decir que no sólo me rescataron: también me cataron.
Y, tras muchos tediosos días agazapado en mi monótono puesto, finalmente alguien me eligió; me rescató. Se trataba de dos jóvenes mozas de unos 18 años (o eso lucubré yo) que, animadas por la fiebre del sábado noche, me cogieron alocadamente de la mano, y me llevaron con júbilo de fiesta. Luces, música, bailes, locura... ¡Menuda marcha tenían aquellas adolescentes! Y qué rápido cogieron confianza... ¡Yo les dije que me llamaran Rony, pero ellas insistieron incluso en quitarme la "y"! Y gritaban constantemente que corriera, que corriera de una a otra, y yo me dejaba hacer, y me dejaba besar, y me dejaba pasar por sus suaves labios... Ellas me quitaron la virginidad de mi adolescencia, me quitaron el tapón de mi juventud, en fin, supongo que se podría decir que no sólo me rescataron: también me cataron.
Y pasaba la noche, y pasó...
Y, tras muchas luces, mucha música, muchos bailes, mucha locura, finalmente fue a la mañana siguiente cuando me di cuenta de que algo no marchaba; algo no iba bien. Las últimas 24 horas habían sido -sin lugar a dudas- las mejores de mi vida, pero había algo extraño, y es que en esos momentos no era precisamente alegría lo que sentía, sino más bien todo lo contrario: un profundo y sospechoso malestar. Un curioso vacío interno. El terrible presentimiento de que el predestinado momento estaba llegando... y así fue.
Y, tras muchas luces, mucha música, muchos bailes, mucha locura, finalmente fue a la mañana siguiente cuando me di cuenta de que algo no marchaba; algo no iba bien. Las últimas 24 horas habían sido -sin lugar a dudas- las mejores de mi vida, pero había algo extraño, y es que en esos momentos no era precisamente alegría lo que sentía, sino más bien todo lo contrario: un profundo y sospechoso malestar. Un curioso vacío interno. El terrible presentimiento de que el predestinado momento estaba llegando... y así fue.
De repente, una de ellas tiró de mí para incorporarme. Lo hizo con cierto aire indiferente, como aquel que se dispone a tirar un pañuelo sobre el que ya no puede llorar más. Al parecer ese pañuelo era yo...
¡Cómo sois las mujeres! ¡Cómo sois los hombres! Cómo sois las personas... expeléis a vuestras parejas como burdos desechos en cuanto os dejan de interesar, y os hacéis daño, y os hacéis llorar, y os hacéis sufrir, y repetís el proceso de nuevo. La verdad es que en mi corta vida nunca os llegué a entender...
Lo que sí comprendí fue la incóginta de mi propia existencia. De hecho, fue la misma pécora que acababa de despojarme de mi posición horizontal la que me desnubló la mente, al replicar a su compañera, y lamentablemente sólo un segundo antes de mi expiación...
¡Cómo sois las mujeres! ¡Cómo sois los hombres! Cómo sois las personas... expeléis a vuestras parejas como burdos desechos en cuanto os dejan de interesar, y os hacéis daño, y os hacéis llorar, y os hacéis sufrir, y repetís el proceso de nuevo. La verdad es que en mi corta vida nunca os llegué a entender...
Lo que sí comprendí fue la incóginta de mi propia existencia. De hecho, fue la misma pécora que acababa de despojarme de mi posición horizontal la que me desnubló la mente, al replicar a su compañera, y lamentablemente sólo un segundo antes de mi expiación...
"¡Eh, pero no la rompas!" "¿Y qué más da? Tan solo es una vacía botella de ron..."
(Dedicado a Marina: pseudohermana y amiga.)
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